Mi paso por la Universidad

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Remembranza
Mi paso por la Universidad
Manuel Gracián
02.03.2015

Un grupo pequeño de jóvenes suele decirme maestro; y, sin darse cuenta, soy yo quien aprende de ellos. Les sorprende largo vacío personal desde la fundación de la Escuela de Medicina de Campeche, en 1976, hasta mi regreso en julio de 2011, para hacerme cargo del Hospital de Especialidades ́Javier Buenfil Osorio ́. Me han pedido les cuente mi paso por la Universidad, de 1976 a 1985; eso pretendo hacer en este escrito.

Después de 14 años de haber salido de Campeche, para estudiar la preparatoria en el Tecnológico de Monterrey, mi estancia en la Universidad de Tulane, la UNAM, y los institutos nacionales de Nutrición y Cardiología, regresé en 1974 a mi querido Campeche, casado y con un hijo, Emmanuel.

Pronto la bonhomía de los hermanos Rodríguez Barrera, Ramón y Rafael apoyaron muchos proyectos que rebosaban desde mi interior: Restaurar a fondo el Hospital Manuel Campos, como base para la fundación de una Escuela de Medicina. Traía yo un proyecto ambicioso aderezado por el Dr. José Manuel Álvarez Manilla—experto en educación médica—y mis queridos maestros Salvador Zubirán e Ignacio Chávez, fundadores de los grandes institutos nacionales de salud, que llevan su nombre.

La Facultad de Medicina, fundada el 19 de marzo de 1976, ha procurado enorme número de jóvenes médicos para nuestro Estado; muchos de ellos han vuelto, ya especializados en diversas ramas de la medicina, con excelente desempeño clínico o quirúrgico en nuestro medio.

Estuve en nuestra querida Universidad del Sudeste-­‐-­‐después Autónoma de Campeche-­‐-­‐desde 1976 hasta 1985. En ese tiempo, con ayuda de excelentes compañeros médicos: Gantús Castro, Bravo Rosado, Espinosa Blanquet, LLanes Santisbón, Alcalá Guerrero, González Cobá, Espadas Arnabar, Pacheco Arizabalo, González Francis y otros más, fundamos el Hospital General de Campeche— después conocido como Álvaro Vidal Vera–, y el Centro de Investigaciones Biomédicas de la propia Universidad. También con la anuencia del Rector Humberto Lanz Cárdenas, apoyamos la creación del primer sindicato universitario, guiado por Erbé Hurtado Estrella, maestro de medicina.

En las postrimería de la administración del gobernador Echeverría Castellot, el nombramiento de Jorge Carpizo McGregor como rector de la UNAM, y el cercano advenimiento de mi amigo de la infancia Abelardo Carrillo Zavala como gobernador de Campeche, me llamó quizá el mejor rector que ha tenido nuestra Universidad, Humberto Lanz Cárdenas. “Manuel—me dijo-­‐-­‐, el Consejo Universitario ve con simpatía la posibilidad que seas el próximo rector; yo termino mi gestión en ocho meses; tienes el apoyo de Jorge Carpizo y de varias Escuelas de la Universidad. Desde ahora te nombraremos vicerrector ¿que te parece?”

Confieso que me llenó de orgullo e ilusión esa propuesta. Me dediqué a entrevistarme y conversar ampliamente con mucha gente: algunos fundadores, maestros de todas las Escuelas, alumnos, secretarias, vigilantes, veladores, intendentes, choferes, miembros del sindicato de maestros, alumnos de la federación estudiantil, personas del medio político social y espiritual de Campeche…

Treinta días después me quedó claro que la misión primordial de la universidad era el servicio del hombre; investigar la verdad en todos los campos y ser fermento de la sociedad; emplear el tiempo universitario, como un tiempo de preparación para la formación de una mentalidad social, sin espíritu de partidismo; transformar la Universidad y convertirla en agente promotora de los valores; devolver al estudiante el protagonismo de la enseñanza aprendizaje; buscar en la paz universitaria, la promoción de la justicia social y la libertad en todos los niveles; prepararse sólidamente en las ciencias y las artes; ser autosuficientes y valorizar los ambientes en la corporación universitaria y en las comunidades. No imponer dogmas que no existen en la realidad… Y entendí que no es obligación de la Universidad ofrecer soluciones inmediatas.

Pronto creció la maleza, y con ella la cizaña. Mi ingenuidad en aquel tiempo me impedía ver los árboles. Por fin entendí que la paz del campus era regida por la autoridad del gobernador en turno, sobre los grupos estudiantiles y sindicato de maestros; que algunos miembros del consejo universitario obedecían consignas gubernamentales. Los alumnos eficaces comentaban: “nosotros queremos estudiar; no nos interesan las reformas”; otros, me solicitaban vehículos para su uso personal, oficinas, secretarias, becas salario y ayudarlos a integrarse a las juventudes del partido oficial en el poder. La paz universitaria, subordinada al arbitrio del poder gubernamental. Incluso, en el nombramiento del propio rector, el innombrable del consejo universitario tenía voto de calidad. ¿Y la autonomía universitaria…? Advertí en el rostro de mis amigos, el nacimiento de sonrisas socarronas…

Varias de las escuelas de la Universidad se desarrollaban de manera óptima: otras, no tanto. Era necesario mantener orden administrativo en todo el campus, sin descuidar el crecimiento académico. Se tendría que continuar con una corporación universitaria lejana a las auténticas necesidades de nuestras comunidades locales y nacionales. Los gobernadores seguirían nombrando a los rectores; la política universitaria sería dirigida desde afuera; la autonomía universitaria, una utopía; el presupuesto orientado hacia lo administrativo; en segundo término, lo académico y lo social… Un desasosiego inquebrantable se apoderó de mi espíritu.

Para entonces, ya habían nacido dos hijos más: Oscar Rafael y Laura María. En esos días supe que, en ocho meses, sería papá de un nuevo hijo, Carlos Virgilio. Y recibí la invitación de uno de los mejores cardiólogos del mundo, mi maestro Ignacio Chávez, para incorporarme al nuevo Instituto Nacional de Cardiología. Lo que pasó en los siguientes 26 años, es otra historia: alegrías y gran sufrimiento, pero lustros plenos de amor familiar. El 5 de agosto de 1985 salí de mi querido Campeche y, salvo dos visitas fugaces al terruño—una de ellas por la muerte de mi padre-­‐-­‐, permanecí exiliado voluntariamente, durante veintiséis años, hasta el mes de julio de 2011.

En la actualidad, la  inminente gestión de un nuevo rector en el Instituto Campechano; la efervescencia que se percibe en el ámbito político local; los cambios de posición—asaz errática-­‐-­‐en el ajedrez de la cuestión pública; la desesperación de una legión por colocarse en el próximo gobierno estatal; la postrimería universitaria  ante el sustrato político de la rectora de nuestra Universidad; el nuevo gobierno federal que no acierta con las recetas correctas; el shock del nuevo siglo que no hemos aprendido a controlar; el fracaso del capitalismo, del marxismo y de la misma democracia liberal; la ausencia de los mejores en el campo político y social; la rebelión de las masas; la disolvencia del Estado en lo real; la necesidad de reconstruir la civilización en la solidaridad global; y la petición perentoria de un grupo de jóvenes encaminada a exigir un mundo más justo, más verdadero y más bello, me han instado a borrajear estas ideas, sin garabato ¡Aún más historias! MG. Campeche.

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