Con permiso de los cervantistas

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Con permiso de los cervantistas
Manuel Gracián
15. jul. 2015

En el verano de 1948, José Martínez Ruiz —el insigne Azorín— publicó un libro que llevó por título “Con permiso de los Cervantistas”. A pesar de conocer sobre Cervantes todo lo necesario, no fue un libro de erudición. Expuso una serie de reflexiones sobre la vida y los escritos de don Miguel; una interpretación no erudita, sino realista; una auténtica sensación de vida. Y recomendó ¡sentir a Cervantes!

La vida de Cervantes no fue una vida fácil; estuvo plagada de pobreza, desdichas y contrariedades. Don Miguel alcanzó larga vida; vivió setenta y nueve años. Y a pesar del tiempo transcurrido no he podido encontrar un libro, una monografía, donde se detalle con veracidad la biografía de Cervantes.

Las obras sobre Cervantes son legión; salvo la fecha de su nacimiento, la cronología cervantina es precisa; pero le falta vida.

El estilo de Cervantes destaca primorosamente en sus prólogos; su vida va brotando inmaculada, a través de sus escritos. Aquel lector infatigable, de memoria prodigiosa, nos fue dejando huellas de su existencia real a través de toda su obra.

Sentimos a Cervantes niño, en el Hospital de Valladolid y en el coloquio de los perros de Mahudes, Cipión y Berganza. Lo vemos de joven esclavo en “El trato de Argel”, “Los baños de Argel”, “La historia del cautivo” en la primera parte del Quijote. En la novela ejemplar “La española inglesa” observamos francos rasgos autobiográficos. Y así va acrisolándose Miguel de Cervantes, en todos sus textos, hasta el final de su vida.

En el prólogo de la primera parte del Quijote, Cervantes elucida su estilo con perfección humana. Y va evolucionando desde la frase ampulosa, larga pero en perfecta cohesión lógica —a veces en detrimento de la sintaxis— equilibrada y cadente, hasta llegar al Persiles.

La mejor prosa de Cervantes —ya lo ha dicho Azorín— es la del prólogo del Persiles. Estilo puro, aquilatado con el sufrimiento, cada vez mejor pulido, con el sustrato del desinterés heroico y desasimiento de las cosas mundanas.

Es sorprendente el hecho que Miguel de Cervantes escribía con simultaneidad el Persiles y la segunda parte del Quijote. En éste se recoge la experiencia de la vida; en aquél, el fruto de la lectura de muchos libros.

Tres días antes de morir, el 23 de abril de 1616, Cervantes redactó, para el conde de Lemos, la dedicatoria de “Los trabajos de Persiles y Sigismunda”  (la Real Academia Española esculpió erróneamente “Segismunda” en la placa tallada en piedra caliza, sobre un soporte de granito, en el nuevo monumento funerario de Cervantes, en el convento de las Trinitarias, en Madrid).

Por muchos años, Jorge Luis Borges —otro de los grandes —prefirió a Quevedo sobre Cervantes, hasta que —andando el tiempo— descubrió que el alma de don Quijote era el alma de Miguel de Cervantes.- M.G..

 

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