El deber de discernir

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Ignacio

¿sana intransigencia?
El deber de discernir
Manuel Gracián
2. ene. 2016

La palabra espíritu en nuestra época es voz disonante. Discernimiento de espíritus es herejía laica. Discernir sin garabato, es un placer de la inteligencia. Si enseñáramos ejercicios de discernimiento a los niños, pronto se apasionarían por ellos.

La gente del siglo XVII conocía la atmósfera del espíritu. Los grandes genios de la humanidad siempre fueron atraídos por las cosas pequeñas; y apegados al silabario, los niños eran expertos en discernimiento: bastaba observar la cara del maestro o de la madre, para darse cuenta si decían la verdad o no.

El alejamiento de Dios, la muerte de Dios, el eclipse de Dios, la negación de Dios, conceptos a la moda, han ocultado al hombre en la penumbra. Orígenes (185-254), controvertido teólogo, enseñaba: “El santuario no hay que buscarlo en un lugar, sino en los actos, en la vida, en las costumbres”.

El santuario es realmente un estado de ánimo. Y ante una serie de actos, lo que importa no es su número, sino el amor con que se realiza cada acción.

Discernir es contemplar una acción. La realidad contemplada invita a la reflexión, al cotejo mental. El acto de discernir se realiza en una unidad de tiempo; pero se desarrolla en dos movimientos: se discierne la materia contemplada; y, se dicta el fallo de lo discernido. En otras palabras, el discernimiento contiene una función intuitiva y una función crítica. De ello surge la asimilación y el compromiso.

El proceso de discernimiento es cristalino, como agua de roca. Pero, a veces, brota la contradicción. El medio interno permanece en estado de agitación, señal inequívoca de desolación. En cambio, si el resultado de la contemplación es correcto, hay consolación; se permanece en estado de quietud. Ignacio de Loyola ha sido considerado como el gran clásico en las reglas del discernimiento. Aplica un conjunto tripartita: oración, discernimiento y decisión. Sólo se logra el discernimiento si preexiste la contemplación; sólo se toma una decisión, si se ejerce antes el discernimiento. Florece, en el instante, la experiencia espiritual, más allá del intelecto. ¡Allí radica el sentido del desarrollo humano!

En lo secreto, el arte de discernir, es una escuela de oración, contemplación y toma de decisiones. Su ejercicio proyecta un cono de luz que alumbra un camino para seguir con confianza y fortaleza; sin agitaciones internas, sin desolación.

Y, ¿cuál es el verdadero sentido del discernimiento?: ¡El desarrollo humano! Y, ¿el objetivo del desarrollo humano?: La valorización del hombre y la mujer; la florescencia completa del ser humano; la germinación de todas y cada una de las virtudes humanas, en potencia; el apogeo de lo que se lleva en el interior, y lo encamina hacia la trascendencia de lo que colma el ser.

Entonces ¿qué es el hombre? “¿No es el hombre, el solo, misterio para sí mismo?”,  preguntaba Pablo VI en el discurso de clausura del Concilio Vaticano II (07.12.1965). Gracias al discernimiento entenderemos que, para conocer al hombre, al verdadero hombre, al hombre integral, es necesario conocer a Dios.

Así lo intuyó Catalina de Siena: “En tu naturaleza, deidad eterna, conoceré mi naturaleza” (Or. 24).

 

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