El silencio interior

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Surco
El silencio interior

El hombre ha descubierto al mundo. La complejidad técnica ha absorbido los pocos momentos de que se dispone para pensar. Los ritmos de vida se han tornado tan rápidos que ya no dejan tiempo para la reflexión en profundidad. El ruido ambiental se ha propagado hasta nuestro mundo interior y lo ha llenado de distracciones. En una sociedad tocada por su propio activismo, la reflexión intelectual parece algo vano e inútil. El hombre ha olvidado la elocuencia del silencio.

El equilibrio perfecto entre el mundo exterior y el mundo interior del hombre se traduce en salud mental. El programa de vida de una persona debe conceder un margen importante al silencio. Pero no basta el silencio exterior, adquirido en un ambiente de recogimiento, por el sosiego de los sentidos externos. Hay que llegar al silencio interior: apagar la fantasía, los recuerdos, los pensamientos, la sensibilidad; en suma, sosegar la razón.

El silencio interior no es un sendero exótico ni una vía esotérica que conduce solamente a la percepción de uno mismo. Es un medio indispensable para el sano desarrollo de la vida interior. Existen en el hombre inclinaciones depravadas, como resultado del atavismo, del temperamento o de malos hábitos contraídos. Pero también existen desde antes de nacer, injertadas en la naturaleza humana, dones o talentos como gérmenes de virtudes.

En el silencio interior se conoce el hombre a si mismo; no hay en el sosiego, afán de posturas estudiadas ni de actitudes falsas. Se activa el conocimiento de uno mismo. Y puede el hombre conocer lo bueno y lo malo que hay en él. Un examen negativo de las faltas e imperfecciones conduce a una ridícula humildad superficial, estéril y pesimista; aniquila la voluntad y surge la apatía espiritual. Se requiere también el conocimiento positivo de las inclinaciones sanas que todo hombre posee. El ser humano debe tender a ser perfecto en su concreta realidad de hombre íntegro. Es una ley psicológica que la destrucción de hábitos viciosos y la corrección de imperfecciones sólo pueden realizarse por hábitos contrarios adquiridos por la repetición de actos positivos. El desarrollo de las virtudes humanas es fruto exclusivo de la reiteración de actos humanos y de esfuerzos personales.

El silencio interior favorece la meditación (esfuerzo discursivo del descubrimiento de la verdad). La meditación conduce a la contemplación (visión quieta y pasiva de la verdad descubierta). Hay quienes dicen que la contemplación enajena al hombre. Pero, ¿no será que la verdadera enajenación consiste en la negación de uno mismo para conocer la propia naturaleza del hombre? En el silencio interior, en la contemplación, se integra la vida espiritual en la totalidad del hombre y el universo.

Si el hombre reflexiona, entrará en sí mismo, en su propio interior, agente de vida espiritual. Si el hombre acierta a llegar a lo más profundo de su ser, descubrirá su auténtica naturaleza y, en ella, la relación con el cielo, es decir con Dios. Así lo entendió y expresó admirablemente Mencius (372-289 a. de C.)—filósofo chino que fue para Confucio lo que Platón fue para Sócrates–.: “el que entra en su interior/ conoce su naturaleza de hombre./Conocer la naturaleza de hombre, es conocer el cielo”

El hombre ha descubierto al mundo, pero se ha olvidado de Dios. Mucha gente se gloría de ser laica, irreligiosa, atea, como si tal postura fuera señal de libertad y modernidad. El mundo contemporáneo comienza ya a darse cuenta que la negación de Dios se convierte en una negación del hombre. Y cada vez son más las personas que, en la quietud del silencio interior, van a la búsqueda y al descubrimiento de Dios, por un camino de contemplación. Quizá así Dios guste de venir, cada tarde después del trabajo, a conversar con los hombres.-M.G.- Campeche, 1979.

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