Encuentro

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A Luisa, la de Siris

Encuentro
Manuel Gracián
13.11.2014

     Era una tarde de otoño, a la hora del ocaso. Soplaban rachas de viento norte. El follaje de los árboles se mecía con el bóreas. Sólo un susurro llegaba hasta el aposento. La penumbra invadía casi toda la habitación. Un cono de luz se proyectaba, refulgente, sobre las páginas de un libro–Mocedades–. Los ojos del lector recorrían, ávidos, la escritura.

En el sosiego de la alcoba bullían tremulantes las palabras de Ortega  («Al dar este tomo a la imprenta me ha parecido, pués, que me despedía de mi mocedad. Y en esa hora patética ha habido un instante peligroso: toda mi juventud se ha adelantado turbulenta en mi memoria, como legionarios de Roma en el día de su licenciamiento. Hoy puedo decirlo con orgullo y verdad. Esos mis diez años jóvenes son místicos trojes henchidos sólo de angustias y esperanzas españolas. He tomado la mano de mi mocedad como la de un amigo fiel. Me he mirado al fondo de sus ojos, y he visto que no se turbaba. He empujado su espalda hacia el pretérito, y he dicho: –Adios, puedes irte tranquila–«).

Las reflexiones del filósofo desbordaron la percepción del lector. El tiempo detuvo su marcha: las sombras se tornaron luminosas. Frente al leyente surgió su otro yo, joven, adolescente. Se estrecharon la mano con efusión. Se miraron al fondo de sus ojos (¿ningún reproche?, ¿ninguna desilusión?, ¿alguna rectificación?). Todo sucedió en un instante. El joven, sonriente, palmeó el hombro del lector y preguntó:  «Adios, ¿puedo irme tranquilo?»…

Era una tarde de otoño, a la hora del ocaso.- MG

91920

 

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