La luz del mundo

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Surco
La Luz del mundo

Manuel Gracián
4 Abril 2012

Después de haberse sumergido  en las aguas del arroyo mágico subterráneo, Pitia, la pitonisa, mascó una hoja del laurel sagrado. Se sentó en el trípode de oro de serpientes entrelazadas esculpidas, mientras inhalaba satisfecha los vapores que emanaban de una grieta que se abría en el suelo, cual si fuera el hálito de Apolo. Recibió la inspiración inducida y emitió una serie de sonidos presagiosos. Los sacerdotes interpretaron los gemidos. Pronto pudo leerse el verso hexámetro. Esta vez no hubo ambigüedades. En un lugar donde se vaticinaba el porvenir y se recurría al sortilegio, el hecho era francamente insólito.

La fachada del edificio estaba recubierta de mármol y lo decoraban miles de estatuas y pinturas. Los artesanos canteros estaban satisfechos de su obra. Habían substituido los fustes de madera por esbeltos pilares de columnas de piedra; las pilastras salientes y apeos de grandes bloques reemplazaron los revestimientos de tablones, en los extremos y en los ángulos de los muros. Y, en lugar de los basamentos de morrillo de los muros de ladrillo, levantaron la construcción ortostática, coronada por hileras regulares de bloques de poros blandos, tallados un poco a la manera de ladrillos. En lo alto del edificio un ornamento de piedra adornaba la techumbre. Las preocupaciones decorativas y policromas de los artífices se expresaron en las partes altas de los frisos, cornisas, la planta y el frontón. El santuario de Delfos había sido construido en lo alto del Monte Parnaso para honrar al dios Apolo.

Nadie supo cómo se enteraron del mensaje. Los siete sabios eran hombres de acción, legisladores, moralistas y muy prudentes. Habían intentado enderezar las costumbres de sus conciudadanos; habían criticado duramente la mitología popular. Después de muchos años, en un intento de enunciar claramente las lecciones prácticas, que las experiencias de la vida les había dictado, sintetizaron sus sentencias en una sola máxima.

La tradición adámica había sido roída por el olvido, invadida por la corrupción del politeísmo y las modalidades religiosas degradantes. Los hombres y las mujeres se encaminaban por multitud de sendas falsas; la inteligencia era dominada por los sentidos y la superstición. A pesar de todo, la tradición primitiva había conservado en la humanidad, durante siglos, su tesoro de verdades esenciales.

Después de ascender a través de oscuros y tenebrosos desfiladeros que conducían a Delfos, llegaron al templo de Apolo. Cada sabio esculpió en piedra su nombre y la máxima que sintetizaba su doctrina:

 Bías de Pirene: Casi todos los hombres son malos

Cleóbulo de Lindos: Evita los excesos

Periandro de Corinto: Nada es imposible para el trabajo

Pítaco de Mitilene: Aprovecha la ocasión. No pierdas el tiempo

Quilón de Esparta: Considera el fin

Solón de Atenas: Conócete a ti mismo   

Tales de Mileto: En la confianza está el peligro

El templo de Apolo fue destruido en el año 548 antes de la era cristiana. Seis siglos después otro templo fue destruido y reconstruido al tercer día: una voz dulce y suave, con eco reverberante y perenne se escuchó en todo el mundo: Yo soy el camino, la verdad y la vida. Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no anda en tinieblas sino que tendrá luz de vida.- M.G. Abril 2012

 

 

  

 

 

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