Los presos de México

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En memoria, Julio Scherer García

Desesperanza sin redención
Los presos de México
Manuel Gracián

Al publicar Archipiélago GULAG (inmenso fresco del sistema que rigió en los campos de concentración de la URSS, entre 1918-1956), el Nobel soviético Alexander  Solzhenitsyn escribió como ofrenda: “Lo dedico a todos aquellos a los que no les alcanzó la vida para contar esto.  Perdonadme porque no lo vi todo, no lo recordé todo, no lo intenté todo”.

 Ciento veinticuatro años antes, otro novelista  ruso, Fedor Dostoievski escribía Recuerdos de la casa de los muertos; relato de la experiencia carcelaria sufrida en Siberia, cuya acusación señala, como cargo, haber leído una carta abierta “llena de ardientes expresiones contra la iglesia ortodoxa y los poderes supremos”.

 En México, Julio Scherer García publicó Cárceles, y Máxima seguridad: Almoloya y Puente grande, donde denuncia—con nombres propios—el horror infernal y las corruptelas que privan en los reclusorios mexicanos. Y constantemente en los medios de comunicación, nos enteramos de la vida miserable que padecen los presidiarios de este país.

 El preso en México sufre grave estado de impotencia e indefensión; nadie lo ignora. Su vida esta desprovista de toda posibilidad de rehabilitación, y en su mundo no se conoce la virtud de la esperanza.

 Es cierto que el objetivo primordial de los reclusorios es apartar a los violentos. El encierro carcelario representa un castigo para los infractores que atentan contra lo propio de la naturaleza humana. Y el que delinque perturba gravemente el orden individual y social.

La persona encarcelada sufre; pero ese sufrimiento tiene sentido, como castigo unido a la culpa. Pero “los castigos no vienen para la destrucción, sino para la corrección de nuestro pueblo” (2Mac 6,12). Por ello, otra finalidad del encarcelamiento es procurar la reconstrucción del bien en el mismo sujeto que sufre la reclusión. En toda persona—por más grave que haya sido la falta—siempre existe la posibilidad de conseguir  auténtica conversión (cambio de mentalidad) del mal hacia el bien. Y la virtud de la esperanza representa el fundamento  promocional de la dignidad humana.

“Yo era un oficial del ejército rojo. Embriagado por los éxitos de mi juventud, me sentía infalible, y por eso mismo fui cruel. Abusando de mi poder maté y violé. En mis momentos de peor maldad, estaba convencido de que obraba bien, sostenido por los lógicos argumentos“(GULAG II, 454). En prisión, Solzhenitzyn—una de las figuras literarias y políticas más importantes de nuestro tiempo—de una manera singular, se convierte de malvado en bueno. Y a través de los años, ya fuera del  presidio, se encargó de recordar a todo el mundo que “la humanidad no esta dividida por un muro que en una parte estén los buenos y de la otra los malos. La frontera que separa el bien del mal es móvil, oscila con nosotros con los años. En un corazón invadido por el mal siempre queda un pequeño baluarte de bien. Incluso  en el más generoso de los corazones, siempre se oculta un rinconcito de mal por desarraigar” (GULAG I, 150).

Son los reclusorios mexicanos –verdaderos infiernos de la desesperanza—las mejores escuelas de bestialidad en humanos. Y tal bestialidad no es sólo promovida por los reclusos, sino también por los encargados del orden y la administración carcelaria. ¿Quién inficiona a quien?

Pero en México ¿qué puede hacerse ante muchos gobernadores, que aceptan complacientes las infamias cometidas a los presos de conciencia o a los recluidos injustamente? ¿Cómo se puede brindar ayuda solidaria a los encarcelados? ¿Qué pueden hacer por ellos los llamados grupos de poder compensatorio: empresarios altruistas, colegios de profesionistas, clubes de servicio, sindicatos autónomos, agrupaciones estudiantiles, escritores, rectores, periodistas, intelectuales, grupos de obispos, tuiteros…?

En las cárceles de México se asesina impunemente, ante la complacencia de autoridades carcelarias quienes ya no poseen el control. Indefensión e impotencia de presos y familiares. El infierno existe en las Islas Marías y en todas las cárceles del país. El expresidente Felipe Calderón señalo durante su mandato que existe grave crisis del sistema carcelario de México, especialmente en los estados de Tamaulipas y Nuevo León; anunció la construcción de nuevos penales en el país (¿?). En la campaña presidencia, en aquel entonces, precandidato de la coalición Compromiso por México a la presidencia de la república, Enrique Peña Nieto, declaró sobre la urgencia de reconstruir el sistema penal mexicano (¿?) Otras voces, en otros ámbitos sólo se rasgan las vestiduras y se disfrazan de celestinas…No hay paz en los penales…Y  como el gatopardo, todo cambia para que siga igual, o peor…

 En el mensaje de la Jornada Mundial de la Paz de 1998, Juan Pablo II, de feliz memoria, afirmó que para lograr la paz  “el desafío consiste en asegurar una globalización en la solidaridad, una globalización sin dejar a nadie al margen”. Es impostergable atender las necesidades físicas, mentales y espirituales de los presos de México. Bien es verdad que es imperioso despertar la solidaridad en el interior de las conciencias, pero es perentorio  cruzar juntos el umbral de la esperanza. Hay que tener muy claro en nuestro espíritu que los presos de México son nuestros  prójimos y, a pesar de los pesares,  seres humanos de carne y hueso, sujetos de redención. ¡No podemos dejarlos al margen! Ahora, ¿que dirá Francisco? M.G.

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