Los verdes años

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Domingo Pérez Piña
Los verdes años
26.03.2013

Sobre la calle 57, casi esquina con la 16, está la casa del pintor. La fachada, enjalbegada recientemente, no ha sufrido cambios en su arquitectura en los últimos 30 años. No sé si los moradores de hoy son parientes del artista. La simple vista del inmueble evoca los verdes años.

Traspuesto el umbral, el estudio del pintor. Pocos muebles antiguos, varios caballetes en desorden aparente: paletas, carboncillos y lápices, esfuminos, espátulas, aceite de linaza, barnices, aguarrás; tubos de colores puros, de fuerte consistencia, trazo fluido y resistente a la luz; godetes de cristal o aluminio; pinceles planos, redondos, almendrados; de cerda, de marta cibelina, camello e imitaciones; trapos, muchos trapos.

Varios cuadros en proceso descansan sobre los soportes del armazón. Alumnos aventajados trabajan sus bocetos al carboncillo, a la acuarela o al óleo—ya han dejado atrás el dibujo a lápiz–. Entreverada, la obra del maestro: un bodegón, un paisaje, un retrato, o una marina. Reconozco varias pinturas: El voltejeo de San Juan; una marina, con Socorrito, Marilú y el pelón Nevárez, sobre una pequeña lancha varada en la arena, en primer plano. Una caricatura, a color, de Rompepepita; otra, inolvidable, a lápiz, de Carenzo; un retrato al óleo, de Teté; otro, de Gladis Estrada, encargada por Pescuezo.

En el ángulo izquierdo del salón, frontero a la calle, apenas separado de la estancia por un biombo de manta, el despacho del maestro. Negros trazos de lápiz destacan en los blancos pliegos de papel, cuidadosamente acomodados sobre la mesa de trabajo. Lápices amarillos, navajas Gillet, gomas de borrar Pelikan y una tablita de papel de lija, integran el conjunto. A un lado, pensativo, en último plano…el maestro.

No muy corpulento, de estatura más que mediana, vestido con filipina de trabajo, espejuelos de metal, finos ojos de azor. Llama la atención cierto enrojecimiento de su nariz, provocado por alergia profesional. Me recuerda al bisabuelo Gow, de la novela de Cronin, Los verdes años. La voz del artista es pausada, cadenciosa y enfática.

Además de la estancia principal, hay otras tres, todas ellas muy pequeñas. La segunda, un taller en toda forma. Allí se afanan Nieves el lermero, José el albañil y Manuel de la Cruz. Lo mismo pintan un rótulo, esculpen una lápida, pincelan un telón, decoran la escenografía, o diseñan volantes comerciales. En fiestas carnestolendas, bajo las brochas del maestro, arman fantásticos carros alegóricos para el sábado de bando del carnaval campechano. De allí proviene la mayor parte de los ingresos económicos. Muchas veces, esas tareas absorben casi todo el tiempo del artista.

Nela, la sobrina del maestro, ejerce estupendamente las labores de estilista en un saloncito de belleza, instalado en la tercera estancia. Un minúsculo patiecillo, con un arbusto de ‘tejocote’, conduce a una habitación donde viven el artista y su esposa…

La realidad de las cosas retrotrae al presente… No asistí mucho tiempo a las clases del maestro. El derrotero: dibujo a lápiz, carboncillo o acuarela, óleo y, en algunos casos, dibujo al pastel. Yo nunca pasé del manejo de los lápices Mirado #2.

Por tiempo inmemorial la bondad y enseñanzas del artista permanecieron vivas en mi corazón. Estudié música y dejé de hacerlo. Continué con mis estudios de medicina, muchos años, hasta que decidí instalarme en la ciudad de San Francisco de Campeche.

Una tarde de invierno, descubrí a un enfermo, en uno de los cuartos del Hospital Manuel Campos. Entré a visitarlo: ¡el maestro, acompañado por su esposa! ¡El artista padecía una dolencia incurable…! Fue una tarde muy triste.

El maestro se fue apagando gradualmente como una vela derretida …Su condición económica era de extrema debilidad. No recuerdo que recibiera ningún tipo de ayuda de las autoridades campechanas, ni de sus numerosos alumnos. Dos sanfrancisqueños procuraban solventar las necesidades básicas, Carlos Joaquín Reyes y Oscar Pérez García, mejor conocidos como Chichán y el Campechano.

Una tarde, cuando aún conservaba la lucidez y dulzura que siempre lo caracterizaron, pregunté al artista: “¿Maestro, y después de tantos años se acordaba usted de mí? …Me miró con su mirada amorosa y me sonrió: “¡Manuel, por alguna extraña razón que desconozco, nunca lo olvidé!”…

En mi larga práctica médica, he podido constatar que el mal existe, y lo sé bien; ¡todos lo sabemos! Pero el bien también existe. ¡Yo pude descubrirlo, aquella tarde invernal, en la mirada y la sonrisa de Domingo Pérez Piña!- Campeche, México.

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