Tertulias azarosas

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Tertulias azarosas
Manuel Gracián
14 Ago 2012

In memoriam: José Luís Llovera Baranda y Carlos Castillo Peraza

La escena puede situarse en la postrimería de los setenta o en el inicio de los ochenta, en una casa modesta, en la calle 57, entre la 16 y 14, en la ciudad portal. Un estudio sencillo, integrado por un estante repleto de libros, un escritorio de metal y una pequeña sala de estar. No logro ubicar a los cuatro personajes, simultáneamente; pero, más allá del tiempo, coincidimos todos en el mismo lugar.

Algunos viernes solíamos reunirnos a conversar sobre temas literarios, o sencillamente gramaticales. Comentábamos el texto de algún periódico o, alguno de nosotros presentaba, al juicio de los demás, el borrador de un artículo periodístico.

El acompañamiento eran vasos de agua, algún café serenado, un refresco, muchas risas–algunas veces burlescas–y el humo abundante de los cigarrillos de dos de los contertulios.

Así pasaron muchas tertulias… Nunca hablábamos de política. Los fumadores eran ya periodistas consumados. Esperábamos con expectación  Gotero de Llovera Baranda y  Breviario de Castillo Peraza; el primero, sobre temas literarios; el otro, políticos. Uno de nosotros fatigó su primer texto: El deber de disentir; como epígrafe del artículo, Surco campechano (años después Castillo Peraza publicaría un libro titulado Disiento). Un día, apareció en Tribuna de Campeche, el celebre Canto Rodado; y desde entonces, han rodado muchos cantos, hasta llegar a la pascaliana obsesión de la esfera perfecta.

En la vida real las tertulias fueron escasas. Cada sesión era adornada por la iridiscencia de los faros de las patrullas policíacas. Iniciábamos la sesión y comenzaba el derrotero de las patrullas en la manzana: calle 57, 14, 59, 16, 57…y así por un par de horas. Al día siguiente un funcionario de gobierno me advertía: “¡Ten cuidado; tú no eres político. No te vayan a comprometer…!” Y cada viernes, cambiaba el ritmo de binario a cuaternario.

Pasaron algunos años. De la pluma de José Luís fueron desfilando Tiempo sin reposo, Este mar no tiene noche, Oleaje… Carlos Castillo de redactor estrella, convocó, perfiló, reorganizó y–cuando sintió la deslealtad de algunos cofrades–abandonó el partido azul. Don Octavio Paz, en una comida amistosa, le aconsejó: “¡Carlos, deje la política. Lo suyo es escribir: escriba!”

Un día José Luís me recomendó: “Para escribir debes tener algo importante que contar; pero si puedes vivir sin escribir, mejor no escribas. Ahora, si te decides, te regalo estos libros…: Éste, de Wellek y Warren, tiene un prólogo de Dámaso Alonso; allí encontrarás toda la teoría literaria; el otro es una novela de Dostoyevski, Recuerdos de la casa de los muertos, allí está el mejor tratado de psicología humana, escrito de forma inimitable…”

Alvaro, amigo desde mi infancia–y con el tiempo, padrino de mi segundo hijo–se carcajeaba explosivamente, cada vez que yo comentaba ingenuamente, que él fue el corrector de mi texto El deber de disentir…Un día me obsequió dos tomos, uno rojo y uno azul: Gran Diccionario de Sinónimos, de Fernando Corripio; el azul, Diccionario de Dudas de la Lengua Española, de don Manuel Seco. Ambos, grandes auxiliares para mí.

Una noche soñé con Carlos; ya vivía con los Santos en el Cielo. Me pidió que cenara con calma, mientras él recitaba versos de Machado y cantaba estrofas de Guty Cárdenas. Sonriente me miró de frente y me dijo: “¡Yo ya no tengo tiempo. Hay mucho que hacer por México. Una forma es escribir; la otra es servir a los demás. Es tiempo de acción, pacífica y valerosa!…” Y mientras tarareaba un bambuco de Guty, acompañado de la más hermosa sonrisa del mundo, se fue caminando, muy despacio, hasta desaparecer en la lejanía…- M.G.

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One Response

  1. ARGELIA MATOS

    08/22/2012, 12:47 pm

    Me encantó, me siento como si estuviera en aquellos años, que interesante debieron haber sido esas noches. El simple hecho de que alguien conociera a Octavio Paz, debió de haber sido sumamente interesante.

    ¿Podría postear mas de esas historias? ¡Me encantaron¡ Seria un grandioso hit literario si lograra escribir sobre esos dias en Campeche.

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