Tibieza

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Mal de nuestra época

El espíritu de condescendencia priva en la actualidad. Se consiente con frecuencia, aun lo que no se cree justo, razonable o verdadero. Condescender es transigir. Y la transigencia es señal cierta de no tener la verdad. Se puede ser blando en la forma, pero intransigente en la conducta—“maza de acero poderosa, envuelta en funda acolchada”.

Se transige por comodidad, conveniencia, egoísmo, dejadez, gandulería, desidia y, casi siempre, por cobardía. Se teme al ridículo, al que dirán, al menosprecio, a la burla, al deshonor. Y se transige en cosas de ideal, de honra y de fe. Se abusa del eufemismo: a la cobardía se le llama prudencia. Y esa prudencia es ocasión de que algunas gentes, vacías de ideas, se den tonos de sabios y escalen puestos que nunca debieron escalar. Y con estas personas se transige. Se contemporiza con el superior, el jefe, el poderoso, el influyente,  o el político de moda; pero nunca con el necesitado o el desposeído; si acaso, a este último se le pide tibiamente perdón.

El insistente espíritu de condescendencia conlleva al desaliento y a la confusión: se subvierten los valores. Y la falta de camino y de perseverancia en el actuar conduce al pesimismo; después fácilmente se cae en la tibieza, mal de nuestra época.

Se es tibio si el trabajo cotidiano se hace perezosamente, de mala gana o sólo por cumplir. Se es tibio si se busca, calculadoramente, el modo de disminuir los deberes, las obligaciones, o consolarse con el mal de muchos. Se es tibio si sólo se actúa en provecho propio, por comodidad personal, y se usa a los demás como escabel de altura. Transigencia es tibieza. “Un hombre, un…caballero transigente, volvería a condenar a muerte a Jesucristo”.

Es necesario surgir ya de la tibieza, vencerse a uno mismo. Ya es hora de rechazar esa extraña compasión que se siente de la propia persona, sin vacilación y con audacia: con la tierna desvergüenza del infante, la justa coacción personal y la sana intransigencia del hombre nuevo.

Se habla ya del despertar espiritual del hombre contemporáneo, de las necesidades del espíritu humano, que no son inferiores a las del cuerpo. La verdad interior del hombre es la primera condición de la auténtica libertad del espíritu. La transigencia es el reflejo de la tibieza de carácter.

¡Es urgente encender ya “con lumbre viva, las brasas de virtud que están ocultas en el rescoldo de la tibieza”! M.G. Campeche.

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