Etopeya de un hombre elegante

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A Silvia Molina, escritora, en memoria de Fernando del Paso.

La muerte en rosa
Etopeya de un hombre elegante
14 de noviembre de 2018

De qué color vamos a pintar a nuestra muerte? De rosa mexicano”, propuso Palinuro (…) “Bueno, si hay una Vida en Rosa, ¿por qué no va a haber también una Muerte en Rosa?” (Palinuro de México, p. 548).

Palinuro, el piloto de la nave del troyano Eneas, junto a la costa de Lucania, tras larga travesía, cayó dormido en el mar (Eneida, Libro III). Hoy Palinuro de México, después de muchas batallas con la vida, se ha dormido en este mundo terrenal. Un rimero de recuerdos flotan imperecederos en el éter…

Era un niño que soñaba/ un caballito de cartón./ Abrió los ojos el niño/ y el caballito no vio”… (Machado).

Nuestro niño era muy soñador y se llamaba Fernando como su padre, el contable de una gran tienda, quien siempre vestía de traje y corbata. Gustaba de leer las historietas de Pancho y Ramona (Educando a Papá) y El príncipe valiente, en los días del rey Arturo.  De la gran biblioteca de un tío suyo el pequeño sustraía libros de su interés.

Un buen día alguien le regaló Las mil y una noches y “con un caballito blanco/ el niño volvió a soñar”… Desfilaron en su intelecto las obras de Salgari, Dumas, Verne, Sue, Walter Scott. Pasado el tiempo leyó libros de mexicanos, El águila y la serpiente, La sombra del caudillo (Guzmán), Al filo del agua (Yañez). “Pero el niño se hizo mozo/ y el mozo tuvo un amor”…

Quería ser médico, pero los malos olores y el terror a la sangre lo ahuyentaron de la Medicina. Además, pronto se casaría con su novia Socorro. “Y a su amada le decía/ ¿tú eres de verdad o no?”…

Voraz lector de textos repasó, durante mucho tiempo, a Garcilaso, Góngora, Quevedo, Cervantes, Valle Inclán. Y leyó muy a gusto a Joyce, Faulkner, Swift, Flaubert, Proust, Camus, Sartre, Poe, Conrad y Stern, el de Tristram Shandy

De todos ellos aprendió el arte de narrar. La imaginación le era innata.

Tuvo tres maestros en la formación del estilo: Monterde, Arreola y Rulfo. En el taller de Arreola escribió Sonetos de lo diario; tenía 23 años. El surrealismo bullía en su cabeza: Breton, Celan, Rimbaud, Éluard.

Quiso escribir un cuento y nació una novela. Vio caminando sobre unas vías férreas abandonadas a un hombre flaco y desgarbado, con un pequeño ataúd blanco sobre un hombro, seguido por una mujer embarazada, quien se distraía cortando girasoles. Fernando escribió muchos borradores; incluyó la mitología cristiana y la náhuatl; su escrito “fue creciendo como un árbol, que se fue llenando de ramas y de flores”; el lenguaje se convirtió en protagonista; experimentos del idioma hasta el extremo. Y nació José Trigo (1966), en la esfera de Ulises, el de Joyce.

Dos años en Estados Unidos, 14 en Londres, siete en Francia. Tomó de su experiencia de vida mucha información. Vino a su mente el libro que detonó su vocación literaria, El rayo que no cesa (M. Hernández).

Se apoderó de su atención Tumba sin sosiego de Cyril Connolly, inspirada en la leyenda de Palinuro, el de Eneida. (Connolly, en sus columnas periodísticas, firmaba Palinurus). De él aprendió que el sentido de un escritor no es escribir un libro más, sino una obra maestra. Y en contrapunto armónico y absorbente escribió Palinuro de México (1977): varias voces otros ámbitos. “Con Palinuro estoy muy contento”, se ha escuchado decir a Fernando; “lo que salva a Palinuro es el humor”. Coqueteaban en el pensamiento de Fernando, Caldwell, Dos Passos, Thomas Wolfe (Del tiempo y del río, libro maravilloso).

Andando el tiempo (1987), interés en la Historia, diversidad de estilos, profusa investigación bibliográfica: el melodrama de Maximiliano y Carlota. Dos años de documentación, ocho más en que la investigación y creación caminaban juntas: ¡Aquiles por fin alcanzó a la tortuga! y surgió Noticias del Imperio. Después, en lo policial, Linda 67. Historia de un crimen (1995). Poesía, teatro, cuentos, pintura…

Cuando el mozo se hizo viejo pensaba:/ todo es soñar, / el caballito soñado/ y el caballo de verdad”….

A pesar del sufrimiento que Fernando del Paso experimentó en su vida, siempre fue feliz: ¡tenía el amor de toda su familia! –

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