La posverdad en México

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Dios y el mundo
La posverdad en México
Manuel Gracián 
23- feb- 2022

Vista desde la Luna se sorprende uno al darse cuenta que la Tierra está viva. La imagino como una especie de organismo unicelular: una célula única; un mundo en constante revitalización: sus mares, sus continentes, sus cielos, sus aves, sus flores, las criaturas todas y nosotros. Un mundo entero creado por un ser omnipotente, un espíritu infinitamente perfecto, Dios. En Él se cifra el hallazgo de todo bien. Y no me refiero al Dios de los filósofos, sino al Dios de la Fe, al Dios de los cristianos. Aceptar que hay un testimonio divino, una revelación: adhesión de nuestra inteligencia a la palabra de Dios.  No esbozo la teoría del punto Omega, de un Dios cuántico que evoluciona; sino que, en la plenitud de los tiempos, Dios se hizo uno de los nuestros.  Entró al mundo como hombre a través del vientre materno de una Virgen llamada María, por acción carismática de su propia virtualidad divina.

Hace años, en una reunión de varios ministros de culto de diferentes religiones, el coordinador Don Rafael Checa, místico carmelita de feliz memoria, preguntó sobre el enigmático personaje al que cada quien dirigía su oración de recogimiento. Todos, de diversa manera, respondieron ‘Dios’. ‘Todos nos comunicamos con la misma persona, el único Dios vivo por quien se vive’, les contestó. 

Dios no está muerto ni oculto como señaló Martín Buber en «El eclipse de Dios». Dios está vivo. El mundo actual es nuestro campo de batalla. Estamos viviendo un tiempo de esperanza y solidaridad con los que menos tienen. Alejarse del egotismo, del resentimiento, del relativismo con el verso heroico de cada día: trabajo silencioso, cumplimiento de deberes ciudadanos y la exigencia de los derechos globales…  En un país–México– cuya población mayoritaria cree en Dios, apremia ocupar puestos clave para el sano desenvolvimiento del orden social, tarea del buen ciudadano. Evitar la tibieza de cruzarse de brazos ante la sutil condena a muerte por decreto de niños y niñas en el vientre materno; los presos, sometidos a un infierno en la tierra, sin esperanza de redención ni auxilio; enfermos de cáncer y enfermedades crónicas sin poder recibir los fármacos apropiados.  La solidaridad y fortaleza son virtudes necesarias.  Lo ha dicho el apóstol, «el universo entero está gimiendo como en dolores de parto, esperando la liberación de los hijos de Dios».

La tibieza debe desaparecer de la vida diaria de muchos mexicanos. Es sano demostrar el amor a la patria.  El patriotismo es virtud, siempre y cuando no se convierta en nacionalismo chabacano y mal educado, que mira con desprecio a los demás. 

El actual es tiempo de esperanza. El combate inicia en el interior de cada quien: coherencia entre el pensamiento, palabra y acción. La autenticidad conduce hacia la libertad. La vida en sí misma es milicia; buen objetivo lograr que se rebose la medida de la caridad. 

En este siglo XXI, la nación mexicana se desmorona. La posverdad palaciega se enseñorea cada mañana.  Distorsiona deliberadamente la realidad; manipula creencias y emociones en la opinión pública con el fin de modificar actitudes sociales, para el bien del gobernante en turno. Vivimos tiempos difíciles; hay que llamar a las cosas por su nombre. Apremia salir de la comodidad de la tibieza y fomentar la virtud social por excelencia: la justicia: dar a cada quien lo suyo. Es momento en que un buen gobernante puede lograr el rescate de una nación que, a través de los siglos, ha sido saqueada por sus gobiernos en connivencia con algunos grupos empresariales y políticos. El nuevo orden social, impuesto por la pandemia del Coronavirus-19 ha llegado con 21 años de retraso. ¡Es tiempo de poner a Dios  en el centro de todas nuestras actividades humanas! M.G. Mérida, Yucatán.

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