La traición de un seductor

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Manuel Gracián

02. ago. 2020

De Efrén ‘el sirio’, padre y doctor de la Iglesia, encontré una analogía sobre nuestro Dios Trino y Uno: «Un ejemplo de Padre lo tienes en el sol; del Hijo, en su resplandor; del Espíritu Santo, en su calor. Y sin embargo todo es la misma cosa. ¿Quién quiere explicar lo incomprensible?». Se venera a Dios en una Trinidad y a la Trinidad en una unidad: tres personas distintas y un solo Dios: la Divina Esencia, sin principio ni fin.

La Divina Esencia tiene en sí misma diversos atributos; las tres personas los poseen. Pero tos tienen repartidos entre sí. El Padre, el poder y la justicia; el Hijo (el Verbo), la sabiduría y la misericordia; el Espíritu Santo, la caridad y la bondad.

En el coloquio amoroso de las tres personas divinas la bondad forzó a los demás atributos para que Dios creara seres que, sin ser dioses, pudieran participar de todas las grandezas divinas del amor trinitario. 

«Al principio creó Dios el Cielo y la Tierra» (Gen 1, 1). Creó cuatro cosas simultáneamente: el cielo empíreo, la materia corporal llamada tierra, la naturaleza angélica y el tiempo. No es posible demostrar que tales cosas no hayan existido siempre. Es creíble que el mundo haya tenido un comienzo, pero no es demostrable. La Eternidad no tiene ni principio ni fin; el Evo–tiempo de los ángeles–tiene principio pero no tiene fin. El Tiempo de los hombres tiene principio y final. 

Dios produce las cosas a partir de la nada. Y formó substancias intelectuales perfectas sin cuerpo llamados ángeles: no tienen cuerpo al cual estar unidos por naturaleza. Los ángeles y los hombres fueron creados al mismo tiempo; conforman un mismo universo. La naturaleza angélica no fue creada antes que las demás creaturas: «Todo lo hiciste con sabiduría, Señor» (Sal 103, 24).

La creación del primer hombre fue un acontecimiento único. Nunca se había hecho un cuerpo humano. No existía la posibilidad de tener un progenitor. El primer hombre de la especie humana fue creado directamente por Dios: cuerpo y alma. Sólo Dios puede producir materia creándola de la nada. «De la tierra Dios creó al hombre» (Si 17, 1).  El alma, principio vital, fue la parte artesanal del ser humano. Fue creada a la vez que el cuerpo. «El que vive eternamente creó todas las cosas al mismo tiempo» (Si 18, 1). El alma coincide con los ángeles en cuanto naturaleza intelectual; fue creada junto con el cuerpo; tiene su perfección natural en cuanto está unida al cuerpo.

El ángel consideró al hombre inferior a él en naturaleza; envidió el amor que Dios le tenía. Lo sedujo para que cometiera su primer pecado. El hombre pecó por seducción; el malo, por malicia.  El castigo que Dios dio al hombre fue temporal; el del ángel malo, eterno. El malo (Satán) conservó los dones de naturaleza, pero perdió su belleza, la gracia y la gloria. 

El pecado, la mayor ofensa a nuestro Dios creador. Se decretó reparar tal ofensa:  fue necesario que Dios se hiciera hombre, para que el Hombre-Dios reparase la grave falta de la creatura contra su creador. 

«Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer» (Gal 4, 4). La plenitud de los tiempos se identifica con el misterio de la Encarnación del Verbo, Hijo consustancial al Padre y con el misterio de la Redención del mundo. «En el mes sexto fue enviado el ángel Gabriel de parte de Dios a una ciudad de Galilea llamada Nazaret, a una virgen desposada con un varón de nombre José, de la casa de David: el nombre de la virgen era María» (Lc 1, 26 – 27).-

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