La secta de los treinta

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Surco campechano
La secta de los treinta
Manuel GRACIÁN
14. Oct .2014

«No sospecho de nadie,  pero desconfío de todos»  CANTINFLAS

“EL MANUSCRITO original puede consultarse en la Biblioteca de la Universidad de Leiden; está en latín, pero algún helenismo justifica la conjetura que fue vertido del griego (…) La secta nunca fue numerosa y ahora son parcos sus prosélitos (…) Los hechos registrados por mi pluma son del conocimiento de todos: mi propósito actual es dejar escrito lo que me ha sido dado descubrir sobre su doctrina y sus hábitos. He discutido largamente con sus maestros y no he logrado convertirlos a la Fe del Señor”, narra Borges, en ‘La secta de los treinta’. Yo también encontré un viejo manuscrito en un cajón desvencijado; lo comparto, a propósito de la contienda electoral que se avecina.

“Si con curiosidad revisamos la prensa diaria, observaremos que en nuestra comunidad, abundan los expertos en opinar: los opinadores, como hoy les llaman. Algunos de los opinantes son enfáticos y engolados es sus declaraciones; demuestran su afán de notoriedad; se meten en todo. Se empeñan en ser sal, pero tienen poca gracia para serlo: no son capaces de disolverse y pasar inadvertidos, como ese indispensable condimento; les sobra espíritu de curiosidad y de exhibicionismo. Otros, pretenden conocerlo todo; son como el diablo, todo lo saben; pero como tienen la cara muy fea, no se exponen a que les vean los cuernos; nunca van de frente y muchas veces se disfrazan de nobleza, y hasta de espiritualidad.

“Hay algunos prosélitos que emiten opiniones a diestra y siniestra—usan, a conveniencia, dos camisetas—pero sólo para justificar su representación sindical o partidaria. El testimonio de su palabra nunca coincide con el testimonio de su acción; y, de espaldas a la muchedumbre, sólo ven en la masa el escabel de altura, para el enriquecimiento. El mercantilista no desaprovecha la oportunidad de hacerse propaganda; su publicidad aparece en llaveros, lapiceros, tazas, camisetas, zapatos, bolsas de mano, tarjetas imantadas, luminarias, carteles, mantas, cartelones, espectaculares…todo lo que pueda proyectar su imagen pública.

“El oportunista solamente declara cuando se lo permite el superior, o cuando efímeramente se hace cargo del despacho, aunque después ‘le jalen las orejas’. Algún otro, en exilio obligado, opina cada vez que se presenta la ocasión, pero sólo para recordar a sus lejanos y añorados coterráneos que está vivo, que es gente importante y, en cualquier momento, volverá a la palestra del terruño, pleno de honores y distinciones, otorgadas por el heresiarca , o alguno de los hierofantes de la secta.

“Muchas peculiaridades se captan en los obsesivos y compulsivos opinadores. Cada uno de ellos tiene su propia gracia; se sazonan con talco en vez de sal. Pero todos adolecen de un defecto: el cantinfleo, hablan mucho con escasa o nula coherencia. Son por lo general verborreicos y dislálicos. La verborrea (repetición brumosa de palabras y frases, sin tener en cuenta su significado), y la dislalia (dificultad para articular las palabras), términos aparentemente contradictorios, coexisten en dichos personajes. Salpican sus enunciados con dislates, contrasentidos, desatinos, disparates y garabatos verbales. Hablan mucho y dicen poco; discursean largo, pero sin congruencia: razonamientos sin razones.

“Carlos Monsiváis imitó a Cantinflas; aprendió, con perfección, a cantinflear. Los prosélitos han sido fieles a Cantinflas. Han resguardado, con pintoresco y folclórico hipismo, los secretos de Chupamirto (antiguo personaje de tiras cómicas, precursor de Cantinflas). Virtualmente conservan el atuendo chupamírtico: sombrero raído, pañoleta roja, pantalones resbalados hasta el hipogastrio, mal ceñidos con mecate de henequén y, en el hombro izquierdo, el esbozo de chaleco, “la gabardina”, sobre la camiseta entallada y de manga larga. Por los frutos serán identificados”…

Mi mano se resiste a escribir otra abominación (…) El fin del manuscrito no se ha encontrado” (Borges, obra citada).- MGB San Francisco de Campeche, 2014.

 

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